Uno de los partidos que más recuerdo en mi vida lo jugué a las 5 de la mañana frente al mar, con arcos improvisados con tarros y una cancha semicircular. Y el mejor gol del partido fue desde atrás del arco.

La noche anterior a ese partidazo había salido con unos amigos. Fuimos a un boliche (discoteca, para algunos) del balneario en el que vivíamos. No éramos mucho de salir a bailar, pero esa noche vaya a saber uno qué nos motivó a ir. Ellos no sólo eran mis amigos, sino que también eran mis compañeros de fútbol de toda la vida. No sé, en el escalón de categorías, cuál de las dos cosas viene primero, pero lo cierto es que una no existiría sin la otra.

Ya eran como las 4 o 5 de la mañana, la gente se empezaba a ir y nosotros a mirarnos las caras. “¿Qué hacemos?”, empezamos a decir. Estaba todo dado para que nos fuéramos: el horario, el vacío del lugar, nuestro cansancio y aburrimiento. De repente, de la nada, aparece mi primo. Él también estaba en el boliche con su grupo de amigos. Es una ciudad chica, con pocas opciones para la vida nocturna, lo que forma un embudo perfecto que desemboca en verse siempre con la misma gente en el mismo lugar.

“¿Hacemos un partido?”, me dice. Así como quien no quiere la cosa, el boliche se transformó en una oficina dirigencial y empezamos a gestionar el partido. La vestimenta no era importante. El jean, la camisa y las zapatillas eran el uniforme perfecto para un encuentro improvisado. Pelota había. Yo siempre llevo una pelota en el auto, es infaltable. ¿El estadio? El anfiteatro del balneario. ¡Sí, el anfiteatro! Era una estructura semicircular con algunas tribunas, un escenario y un espacio en el medio que estaba por debajo del nivel del escenario que haría las veces de pista de baile. Y vaya si vio arte esa madrugrada…

Cinco en un auto, cinco en el otro y arrancamos. El sol ya asomaba con ese naranja fuerte típico de amanecer que se cuela entre el horizonte, el fondo del mar y las pocas nubes que había ese día. Llegamos al recinto. Había cuatro tarros gigantes, así como de arena, que vaya a saber uno para qué eran y por qué justo estaban ahí. Emularon los postes.

Todo listo para comenzar. Y no era una cuestión de jugar por jugar, para nada. Si bien nos divertimos, cada pelota se corre a muerte, cada jugada vale y hay que ir a buscar la victoria. Uno nunca acepta un desafío sabiendo que le da lo mismo lo que pueda pasar. Un “sí” equivale inmediatamente a un “me muero de ganas de jugar”.

Arranca. Va para allá, va para acá, se destan los cordones, se caen los pantalones de jean que no tienen cinturón, la gente sale de los bailes, el sol está cada vez más arriba. Las tribunas, vacías, por supuesto, pero nosotros metidos mentalmente en nuestro deber. Las paredes, excusas para hacer rebotar la pelota y crear buenas jugadas. La improvisación fue lo que llenó de belleza ese partido. Y llegó el famoso gol…

Al ser el campo de juego semicircular, detrás de los arcos quedaba un espacio, y habíamos acordado que allí estaba permitido jugar, como en el hockey sobre hielo. La pelota no se iba nunca, sólo cuando realmente se iba, es decir, pasaba las tribunas. No recuerdo bien cómo comenzó la jugada, pero se que la pelota terminó atrás de uno de los arcos. La tenía yo, y estaba de frente a la cancha. Uno de mis compañeros estaba dentro de la cancha y de frente al arco. Nos veíamos las caras, él adentro y yo afuera, y sólo nos separaba la red imaginaria que unía los dos tarros. La lógica pudo más: se la pasé, de afuera hacia adentro, por medio del arco y él, así como devolviéndome la pelota, hizo el gol. Hermoso, fantástico, simple. Y no lo querían cobrar, porque no se podía, que estaba mal, que no sé qué. La discusión duró poco. Bah, ni la hubo. Fue gol. Punto.

Tal vez para ustedes sea una tontería lo que acabo de contar. Pero yo nunca me olvido de ese partido hermoso que se organizó de la nada misma en una madrugrada patagónica de verano. Y tampoco me olvido de ese gol. Y mi amigo tampoco se lo olvida, y eso es suficiente para convencerme de que fue un golazo.

Published by Ignacio Zambello

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