Al tipo lo trajeron de no sé dónde. Bah, “el tipo”, el coso ese raro, extraterrestre podría ser, marciano no sé, porque no sé si es de Marte, pero de algún otro lado es, el loco no sabe nada. De los humanos no tiene conocimiento, menos de lo que hacen. No sabe qué son los edificios, ni las casas, ni los autos, las calles, empresas, bancos, Internet, el agua, la comida, la ropa, las computadoras, no sabe nada. Es como si hoy un bebé pudiera expresarse, no entendería nada.

Aunque no sabemos cómo sabemos que este coso no sabe nada, porque no habla, tampoco conoce las palabras, ni el lenguaje, ni nada. Pero le da lo mismo todo: el frío, el calor, lo bueno, lo malo, la luz, la oscuridad. Nunca emite sonido, movimiento, nada. No se emociona, si es que tiene emociones, ni se pone triste, ni alegre, ni le dan pena las cosas, nada de nada.

Caminábamos por la calle y el tipo quería cruzar en rojo, no miraba a la gente, le daba lo mismo todo. Ni comía, miraba cualquier película en el cine, siempre caminaba al mismo ritmo, no se apuraba nunca, ni cuando estábamos cortos de tiempo. Era un tipo raro, un coso raro, no conocía nada. Pero peor aún: nada lo hacía sentir nada, nada de nada.

Ya había pasado cinco días con nosotros, y todo seguía igual. Mientras dormíamos, él (o ella) se quedaba parado mirándonos (si es que tenía los ojos abiertos) y esperaba a que nos despertáramos. Tampoco sabemos si escuchaba, mucho menos si nos entendía y se hacía el boludo. Tampoco sabíamos qué hacía acá, quién lo había traído, por qué estaba con nosotros, nada. Pero ahí estaba.

Llegó el primer domingo desde que el coso estaba con nosotros. Y teníamos que ir a la cancha, porque eso hacíamos todos los domingos, y al coso lo llevábamos a todos lados, siempre: a hacer las compras, a trabajar, a leer, al cine, a todos lados. Le pusimos la camiseta negra y roja nuestra, típica de Douglas de Pergamino, y enfilamos para la cancha. Estábamos en el bondi y la gente partidaria empezó a ser cada vez más, y cada vez los cantos eran más fuertes, y los brazos agitados, y las remeras por los aires, y los golpes emulando bombos, y la fiesta se hizo por fin. Y el coso, al ver cómo los locos cantaban y se apasionaban por el fútbol que él todavía no conocía, guiñó un “ojo”, o lo que eso fuera. Y se le agrandó un poco, como que quería prestar atención, o al menos eso entendí yo. Y así se quedó, hasta que llegamos a la parada en la que nos teníamos que bajar. En ese momento, su “ojo” volvió a la normalidad, y su normalidad tan escueta volvió a él.

La gente lo miraba raro, era lógico. El coso pasaba los cacheos sin que los policías lo tocaran, porque les daba asco, les daba cosa, era raro. Y llegamos al molinete, pasamos, subimos los escalones y llegamos a la popular, nos fuimos ahí arribita, a un costado. El cielo empezó a ponerse negro y la pelota comenzó a rodar. El primer tiempo fue un primer tiempo común: íbamos 1-1, jugando de igual a igual, nada del otro mundo. Y al coso este le pasaba lo mismo: cada vez que la cancha se unía en un canto único, su ojo se agrandaba un poquito.

Y el segundo tiempo fue lo mismo, hasta que llegaron los últimos 10 minutos. Nos clavaron un gol de otro planeta: una pelota perdida en mitad de cancha, sablazo al ángulo y nada que hacer para el arquero. Estábamos abajo por un gol y, para colmo, empezó a llover. Obviamente, el coso ni se inmutó con la lluvia, vaya uno a saber si la sentía, o la veía, o la escuchaba. Pero por lo menos estaba parado, con la cabeza dirigida hacia el terreno de juego. Y de repente, un ataque perdido nuestro, pase largo, centro, cabezazo y gol. 2-2, faltaban dos minutos, estábamos de vuelta en partido.

La gente comenzó a cantar a más no poder, la lluvia decoraba la escena, las camisetas volaban por los aires y los brazos formaban surcos imaginarios en el aire de tanto ir y venir. “Ponga huevo que ganamo’”, bajaba desde las tribunas. Y al coso le crecieron los dos ojos, o las cosas que tenían donde irían los ojos. Y la piel le empezó a cambiar un poco de color. Cuando el equipo la perdía, hacía un sonidito, y cuando amagaba a atacar hacía otro. Y así. Un tiro nuestro pegó en el palo, nos queríamos matar, la jugada se había ensuciado y al árbitro cobró córner, era nuestra última esperanza.

No sé si esto tiene alguna explicación científica, o si en ese momento tuve alguna ilusión óptica, tampoco me pregunten tanto detalle, todavía sigo shockeado. El coso este, cuando vio que se venía el córner, empezó a mover las patas. A hacer pasitos, pero sin moverse. Y cada vez más fuerte, más rápido, con más altura. Y empezó a saltar. Movía la mano como un idiota, la movía mal, no sabía alentar. Hasta que le agarró la vuelta y le daba para atrás y adelante. Se sacó la camiseta y la empezó a revolear, imitando a todo el público. Se le abrió un coso en la cara, como una especie de boca, o no sé qué era, pero emitía sonido. Su voz era horrible, voz de pito, pero cantaba, copiaba, emulaba, como un canario, no sabía qué decía pero lo decía. Y empezó a cantar cada vez más fuerte, y a saltar más alto, ya meterle más emoción, y la lluvia lo mojaba, el coso estaba loco, fuera de control.

Vino el córner, hubo un mal despeje que quedó boyando y un jugador nuestro, no sé quién porque no se veía nada, la punteó y la pelota entró, de pedo, con suerte, pero entró, sí, pasó la línea, fue gol. La locura se desató, nos caímos, nos apretamos, nos abrazamos, el coso saltaba con las dos manos en alto y abrazaba a la gente, que ya no le daba asco, porque nada importaba. Su especie de boca se abrió en forma de “o”, porque estaba gritando el gol, y empezó a revolear la camiseta más fuerte, con más ganas, sabiendo que habíamos ganado, aunque de fútbol seguro no entendía un carajo.

El partido terminó y la gente se empezó a ir. Nos quedamos sentados un rato esperando a que todo se despejara, mojados, pero no importaba. Yo estaba un escalón más arriba que el coso, que estaba con los codos apoyados en las rodillas, sosteniéndose la cabeza, mirando el césped. Emitió un sonidito, corto y raro, bajito. Me paré, me acerqué al coso y juro que por primera vez lo vi sentir algo, lo vi emocionado, o qué, lo juro por lo que sea, juro que al coso se le caía una lágrima, lo juro.

Published by Ignacio Zambello

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