Mirás para atrás y hay tristeza y desilusión. Mirás para adelante y está Rusia. El Mundial nos espera, pero no tanto como lo esperamos a él. Relato de una noche hermosa desde su doloroso posible final. Y, claro está, desde su final real.

Mundial. Mundial. Mundial. No puedo parar de repetirlo. Voy por la calle y pienso en el Mundial. Sonrío, agradezco, festejo, puño arriba. Imagino Rusia en algunos meses. Imagino esa fiesta. Mundial. Veo algo celeste y blanco y todo es alegría, es saber que estamos ahí.

Nunca parí y, según la biología, nunca lo haré, pero no quiero ni imaginar qué se debe sentir al lado de este dolor. Ayer fue histórico. Por lo trágico, por lo sufrido quizás, pero lo fue. No podía pasar otra cosa, eso no estaba escrito en los libros del destino y no hubo ninguna pluma capaz de escribirlo. Porque Argentina tiene que jugar los Mundiales.

Estaba nervioso. Había pasado desde el jueves imaginando qué sería de nosotros en julio del año que viene si todo salía mal. ¿Qué íbamos a hacer? Imaginé mucho, también, sobre lo que sería el miércoles, el jueves, el viernes, el sábado, el domingo, sabiendo que lo peor había sucedido. Si había que festejar o lamentarse, debía hacerlo bien. El fútbol es el deporte más popular del país y el humano un ser sociable. Resultado: había que juntarse. Y ahí estaban ellos, mis amigos. Pero son esos amigos con los que si no existiese el fútbol tal vez ni nos hablaríamos. Si mal no recuerdo, fue la primera vez que vimos juntos a la Selección.

Compramos carne. Insistí en que, si comíamos después del partido, no podía asegurar mi estado emocional y, por ende, mi estado estomacal. No gané esa pulseada. Había una dos camisetas del Mundial 2006, otra del Mundial 2014, una de la Copa América 2011, un pantalón corto de la AFA y la bandera, ahí, con el sol mirando todo. Celeste y blanco, ningún otro color valía.

La cámara pasa cara por cara y de fondo suena la música más linda jamás creada. No me digan que se trata sólo de sentimientos. Escuchen los otros himnos, ninguno es tan no sé qué como este. Ninguno es así, ninguno te infla el pecho. Lo escuchamos, suspiramos, creemos.

Cerveza va, cerveza viene, traé el maní, poné la carne al horno. “Dale que ya arrancó”. “Ya voy, ya voy”. Nos estamos por sentar, parados todavía terminando de preparar todo. Un cabezazo, dos, tres, gol de Ecuador. Silencio. Estática.

No era tan grave, quedaban 88 minutos, tranquilos. Nos sentamos en silencio por un momento. Comemos, tomamos, nos lamentamos, damos indicaciones, alentamos. Pasa una cerca del palo, pasan dos. “Dale, que recién arranca”. Gol de Argentina. ¿Qué linda frase, no? Gol de Argentina. Argentina hizo un gol, un país, todos, a través de un jugador. Nos paramos, gritamos, no hubo abrazo, salimos al balcón, las cuerdas vocales se lamentaron. A seguir, nada estaba dicho.

Miramos las anotaciones. Empatamos nosotros, ganan ellos, aquellos empatan, este debe ganarle a este. “Tranquilo, falta un tiempo”. “Hay que ganar”. Va, avanza, la tiene, casi, no pasa, rebote, sí, es esta, es esta. Gol de Argentina. Arriba, con decisión, gol de Argentina. Arriba de los asientos, gritos, garganta atroz, balcón, cielo, gritos, nubes, oscuridad, celeste y blanco, todo celeste y blanco. Y el sol miraba desde la bandera, tranquilo, como si guiñase un ojo.

Entretiempo. Vamos al balcón y hacemos una clase de yoga: inhala, exhala, inhala, exhala. Descontracturamos, bajamos el volumen de la tele, un poco de paz, tranquilidad. Alguna que otra palabra que antes no salía y de vuelta al ruedo.

El Dios que maneja la tensión de las situaciones ya había aflojado algún que otro piolín, estaba todo más tranquilo. Pero faltaba esa señal que nos dijera que ya estaba, que la pesadilla había terminado. Para variar la pelota pica mal, avanza, de la nada está ahí en el área, cerca del arco, ¿por dónde fue?, por arriba, débil, choca la red. Gol de Argentina. Arriba todos de sus asientos a gritar. Pero no era un grito de rabia, pero sí feroz. Pero no era un grito de guerra, pero sí de unión. Abrazo, ahora sí, todos, vengan para acá. Abrazo largo, eterno, de cuatro años, enredados por la bandera, por los colores. Rusia 2018.

Nos despertamos de la pesadilla y lo primero que hacemos es salir al balcón. “Olé, olé, olé, olé, olé, olé, olá”. “Soy argentino”. Argentina, señores, al Mundial. Y cuatro locos revoleando camisetas y banderas cantando a la nada, mirando un edificio, tapados por un árbol, sufriendo por lo que hacen otros en otro país con una pelota en los pies.

Y ahí me di cuenta. Me di cuenta de que éramos de esos 32 países que estábamos adentro. ¡32 de 200! Recordé a Romero contra Holanda, a Mascherano, la final, las lágrimas, ese dolor. Recordé lo que fue esa fiesta, recordé todas las críticas burdas que me tocó escuchar. Recordé también lo que venía imaginando desde el jueves, lo que hubiese sentido si estábamos afuera, y no pude más. Las lágrimas salían a cántaros y las bocanadas de aire simulaban un naufragio en altamar. Tuve que llorar, y qué bien me hizo. Tuve que gritar, y qué bien me hizo. Tuve que abrazar a mis amigos, y qué bien me hizo. Tuve que mirar esa bandera y decirle “estás en Rusia”. Y parecía que el sol me respondía. “Vos también”, me decía, y vos, y vos y vos. Todos en Rusia. Todos al Mundial.

Nos sentamos a comer. No podíamos charlar mucho. Nos mirábamos y cada tanto una sonrisa. Venga acá otro abrazo, estamos en Rusia. Nos fuimos a dormir sabiendo que no debíamos cerrar los ojos por cinco años para volver a renacer, sino tan solo unos meses más.

Hoy me desperté y me pregunté si estaba en el Mundial. Era un sí. Argentina estaba en el Mundial. Argentina está en el Mundial. Y de ahora en más, hasta junio todo tiene sentido, todo tiene un por qué. Cada mañana hay que preguntarse dónde estamos:  en el Mundial, No paren de repetirlo, porque el sufrimiento lo hace lindo, lo hace tangible, le da sentido, le da valor. Estamos en el Mundial, en el Mundial, en el Mundial.

Published by Ignacio Zambello

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